Chesterton siempre me ha parecido uno de los más entrañables entre los miembros de ese rico acervo de literatos reaccionarios que tanto abundan en las letras inglesas, como Marlowe, Pope, Eliot, Pound, C.S. Lewis o su colega de la famosa trilogía, por citar algunos. Católicos en un entorno protestante, o simplemente más protestantes que los propios protestantes. Medievalistas, románticos de la causa del fascismo, satiristas enanos y genios de las penas en observación.
Entre todos ellos Chesterton destaca por algo casi insustancial pero que golpea como un puños: su ingenio. Y como reaccionario, lo era de marca mayor: capaz de convertir a un eficiente policía francés en asesino sólo por su herencia ilustrada y anticlerical, a Londres en un futurista campo de batalla medieval en aras de rescatar la épica inexistente en las guerras modernas, convertir a un club de anarquistas en los únicos representantes del orden y presentar granujas intachables, negocios raros y ligas del arco largo como comentarios sociales.
Pues eso, entrañable vejete.
Mi admiración por Chesterton no desciende aunque se haya convertidos en referentes de vidales y praderos, en justificaciones de delirios creacionistas u oximorónicas libertades coartantes del derecho natural en su versión martillera.
Pero cuando se
toma su nombre en vano como enseña, entonces sí me cabreo. Es más fuerte que yo, un defecto de carácter esa furia que me sobreviene. Delirios de pistolerismo intelectual, sueños de imperio rotos, neocolonialismo revisionista, pastiches de cómic francés, sesgos y falacias rimbombantes, etc. Todo bajo el nombre de un escritor como ese, y encima para rematarlo: "La Revista del Sentido Común".
Sé que no he cuidado las formas como debería, que no me he expresado con la delicadeza que hubiera requerido mencionar al ilustre. Chesterton. Pero es que hay cosas que me sobrepasan. El reaccionario que llevo dentro, supongo. Sigo diciendo que hay que leer a Chesterton, precisamente por el motivo que lleva a alguien a bautizar con su nombre una publicación. Para que no sea ni suyo ni mí, sino de todo el que lo lea.
Locke (Pensando en editar su propia revista: Heinlen: Revista Multifamiliar de Anarcoingenería Liberal)